Con el El silencio del gallo, quiero hacer referencia a lo que considero continúa siendo la principal amenaza de nuestra existencia: la dificultad para despertar. Y llamo despertar a ese estado de conciencia que nos permite funcionar desde nuestro yo más elevado y darle una finalidad sobresaliente a nuestra existencia.
El despertar de la conciencia ha sido tema principal entre las obras de muchos autores, así como argumento clave de pensadores, sanadores y no pocos profetas preocupados por el bienestar del individuo y la humanidad en general.
Cuando hacemos referencia a este término, solemos desviar la atención a cuestiones quizás demasiado abstractas para un entendimiento ordinario, atribuyéndole un sentido excesivamente religioso y místico, inalcanzable para el hombre común y reservado a personajes de características especiales tales como, gurús, monjes, ascetas o yoghis. Nada más alejado de la realidad. Es cierto que poco se consigue sin esfuerzo pero no es menos cierto que el hombre está más cerca de los misterios de lo que se imagina.
Sin apertura de conciencia, el hombre vive sumido en la ignorancia, la separación y la dualidad. Centrado en si mismo es incapaz de liberarse del ego y sus numerosas trampas.
Sólo cuando nuestro ego muere comprendemos finalmente que no hay nada con lo que podamos identificarnos y entonces podemos transformarnos realmente en lo que ya somos. Coomaraswamy
Con cada nuevo amanecer nuestro cuerpo físico se despierta pero nuestra conciencia sigue dormida, deambulando hipnotizada a causa de los innumerables hábitos adquiridos y el acoso de las obsesiones, de los absurdos prejuicios y actitudes discriminatorias, de las múltiples necesidades materiales y apegos, de las tendencias y convicciones arcaicas, de las normas y fórmulas estrechas de convivencia, que terminan sofocando nuestro espíritu e invalidando nuestra libertad.
El hombre moderno ha creado un mundo fragmentado y dividido, lleno de conflictos y luchas por una supervivencia ficticia, más próxima a la destrucción que a la auténtica evolución, ocultando a través de aquello que llamamos personalidad y sus múltiples mecanismos de defensa su permanente estado de angustia, su desesperación, su constante miedo a la pérdida, su profunda confusión y su delirio. Envueltos en esa personalidad de aparente seguridad, encubrimos, cada uno a su manera, nuestra auténtica realidad, apartándonos de la expresión genuina de nuestra verdadera identidad, temerosos de no responder a las expectativas de otros a los que les hemos otorgado la gracia de dirigirnos.
Vivimos prisioneros por los condicionamientos que desde la misma educación, la familia y la sociedad nos han sido impuestos y hemos aceptados como propios. La libertad nos perturba y nos mantiene vigilantes en exceso de aquellos que han elegido saltarse las normas. Somos, incluso, capaces de perseguir con intolerancia y castigo a todo aquel que, desafiando su esclavitud, decide seguir su propio camino. Con la presunción de asumir como universal nuestra ideología egoísta, sentimos que la libertad ajena amenaza nuestra frágil y efímera existencia. Aunque no quiero decir con estas palabras que defienda, como única salida a la libertad y la búsqueda de realización personal, la trasgresión de las reglas en un acto de desobediencia “per se”. No es este, ni mucho menos, mi propósito. Pero lo que sí intento, con mis palabras, es hacer un especial hincapié en la importancia de mantener autonomía en las ideas y libertad para la opción, en contra de la aceptación sin réplica de un sistema de creencias y preceptos indiscutibles, impuestos y condicionados, por un “único código de comportamiento” intransigente y rígido, alejado de lo que sería la enseñanza de una verdadera ética humanista y una educación integral. Siempre he dudado de la autoridad y la aceptación “obligada” de una voluntad ajena. Por supuesto, sí creo en el respeto hacia uno mismo y los demás y defiendo, fervientemente, la necesidad de desarrollar una “ética de la excelencia” en nuestro comportamiento y formas de actuación, sin riesgo de atentar contra nuestro Espíritu benevolente.
Paradójicamente, la llegada de la noche, y la posibilidad de dormir, representa para muchos el inicio del verdadero despertar. La verdad manifestada a través de los sueños.
El canto del gallo como símbolo del despertar ha dejado de tener sentido.
“Tal es el extraño psiquismo del ser humano, en ese desafortunado planeta que llamamos Tierra, que pierde la conciencia de sí y duerme cuando debiera estar despierto y la recupera y despierta cuando debiera estar dormido”. Gurdjieff
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