Cuando la afectividad nubla la objetividad

Updated: Sep 5


Si hay algo que nos diferencia de un ordenador es la valoración afectiva que hacemos a la hora de procesar la información que nos permite percibir e interpretar la realidad. En afectividad no hay máquina que pueda sustituirnos (al menos por ahora). Pensar puede que piensen, desde el manejo de información y el uso de programas o “soluciones” que han demostrado ser eficaces (clave de los automatismos, la preprogramación y la falta de libertad para ser conscientes), pero sentir, lo que se dice sentir, es algo enteramente “vital”.


Las cosas nos gustan, nos disgustan o nos son, simplemente indiferentes, insípidas, carentes de sabor. Así es como interpretamos la realidad de una manera subjetiva y particular, en función de los sabores o impresiones que hemos ido experimentando a lo largo de nuestra vida e incluso heredado genéticamente.


Sin memoria (sin impresiones o experiencia previa) no habría interpretación posible. De nuestra memoria personal emerge nuestra particular manera de colorear la realidad. De hecho, cuando hablamos de automatismos, nos referimos precisamente a soluciones (para bien o para mal) que se han hecho fijas, estables, incrustadas en nuestro sistema de memoria interna.


Dice José Saramago:

“Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos, sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir.”

Entre la realidad y mi realidad pueda existir un abismo. Todo aquello que no coincida, concuerde, armonice o case con mi programa de expectación o interpretación será rechazado, ignorado, negado o defendido incluso a muerte en una suerte de ceguera cognitiva. Incapaces de separar el sujeto que percibe del objeto percibido.


En nuestra percepción de la realidad influye un componente cognitivo (lo que pienso), un componente afectivo (lo que siento) un componente motor (mi reacción al respecto) y un componente endocrino-neurovegetativo-inmunológica (neurotransmisores, neuromediadores y neuromoduladores) que favorece el anclaje a nuestra forma de interpretar la realidad. De ahí que se afirme que el cuerpo lleva la cuenta.


Lo que nos lleva a plantearnos la cuestión de si verdaderamente somos capaces de observar sin distorsión alguna (opiniones, prejuicios, creencias, ideologías, dogmas) y de percibir la realidad en su estado puro. Lo que Es más allá de lo aparente. La realidad última, libre de las contradicciones de la mente condicionada.


¿Y qué establece la distancia entre lo aparentemente real y lo real?


La distancia entre lo aparentemente real y lo real lo establece la conciencia.


En nuestra percepción de la realidad, no se trata tanto de ser objetivos o de no serlo (como predisponen nuestros afectos y pensamientos que les preceden), sino más bien de ser conscientes o de no serlo.


¿Eres consciente de ser consciente?

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​© 2013 por Emma Barthe.