No pecarás.



En una reciente clase, me pidieron que diera algún ejemplo de lo que sería una vida condicionada. Esa clase de vida que por alejada de la libertad de ser y de la expresión genuina de nuestro yo auténtico acaba conduciéndonos a la pérdida de equilibrio.

Podría haberles dado una respuesta dirigida a la comprensión de la realidad última o incluso hablarles del encuentro con nuestra esencia. Lo que “es” una vez liberados de las necesidades propias de la existencia mundana, pero preferí optar por dar dos ejemplos, que me vinieron a la memoria en ese momento, y reflejaban un "error de elección" por condicionamiento.


Curiosamente, la palabra “pecado”, es un término del tiro al arco que significa “errar en el blanco,” “errar en la diana", "fallo", "distancia del centro" . Ese centro que conecta con nuestra potencialidad real. Allí donde brillamos con luz propia, sin ningún tipo de condicionamiento. Siempre presente e inalterable por ninguna circunstancia de la existencia. Pecamos cuando erramos en nuestras elecciones de vida y nos alejamos de la diana.


En ambos casos, la vida parecía haberse convertido en una carga. En un peso difícil de llevar. No desde las necesidades primarias, que parecían cubiertas, sino desde la ausencia de realización personal. Ninguna de las dos personas eligió seguir su sueño o vocación y optaron por continuar o cumplir expectativas ajenas a su potencialidad real. Por una cuestión de historia biológica, la supervivencia acostumbra a tomar la delantera frente a la auto-realización.


La primera de ellas vino a verme con un cáncer avanzado de pulmón. Recuerdo su imagen al entrar en mi consulta. A pesar del aspecto cansado y abatido, me pareció ver a una artista. De hecho, me recordó a Lizze Minnelli. Tan sólo le faltaba una boa alrededor del cuello. Venía acompañaba por su madre.

Las invité a sentar.


—Lamentablemente, no he venido a verte  antes—dice ella, entre lágrimas—. Tendría que haberlo hecho hace tiempo. Al primer síntoma de malestar, antes de que la enfermedad apareciera. Siento que he prostituido toda mi vida

—No empieces, por favor—dice la madre, también entre lágrimas—. No empieces.

—Sí, mamá sí…

—¿Por qué consideras que has prostituido tu vida…? — le pregunto

—Tengo 36 años y desde que acabé la carrera y me incorporé al mundo laboral me he sentido totalmente asfixiada, atrapada en un espiral de angustia. Estudié ingeniería y trabajo en tecnología y producción. No es lo que hubiera querido hacer.

La madre cierra los ojos.


—¿Qué te hubiera gustado hacer? — le pregunto


—Me hubiera gustado seguir con mis estudios de danza y ser una bailarina de cabaré, burlesque, teatro… Trabajar en el mundo del espectáculo. Pero no lo hice. Era buena en ciencias y me convencí de que la danza no me permitiría ganar lo suficiente para vivir. No tuve el apoyo en casa y ahora me arrepiento, me arrepiento muchísimo.

—Me haces sentir culpable — comenta la madre. Sólo queríamos lo mejor para ti.

—Lo sé. Lo sé — Pero no seguí ni desarrollé mi vocación, mamá. Por miedo, por prejuicios, por los demás. Se me ha ido la vida. Y he acabado ahogándome.


Sin tiempo para una segunda visita, esa misma semana ingresó de urgencias y falleció pocos días después en el hospital.

El otro caso, también se trataba de una persona que trabajaba en una empresa de software y controladores, con un cuadro de depresión que duraba ya 10 años y tratado con medicación a la que parecía resistente.

Cómo es habitual en mi práctica profesional, realizamos un exhaustivo análisis de la personalidad en el que el trastorno por depresión quedaba claro pero, al mismo tiempo, también quedaba claro que esta mujer había nacido, muy posiblemente y por decirlo de alguna manera, para dedicarse a personas en lugar de a máquinas. Alta inteligencia emocional -percepción, facilitación, comprensión y manejo- Altas capacidades cognitivas -observación, abstracción, pensamiento crítico, apertura de mente, hipersensibilidad, flexibilidad, resolución de problemas, optimización- Competencias de Liderazgo y capacidad de dirección de personas.

—¿Por qué te dedicas a un trabajo técnico? — le pregunto interesada. Parece ser que todas tus habilidades se dirigen al liderazgo de personas.

—Era buena en matemáticas y tecnología — me comenta. Me encantaba la filosofía y también pensé en estudiar psicología, pero opté por la tecnología y dejar la filosofía como hobby. Me pareció que tendría más salidas profesionales, y la verdad, no me iba mal, hasta que llegó la depresión. Poco a poco fui perdiéndole el sentido a mi trabajo. Exceso de rutina, mecanicidad, impersonal. Me fui apagando. No me sentía realizada ni siquiera satisfecha a pesar de que aportaba valor a mi empresa. Y la depresión acabó por quitarme del medio.


En este caso, se la invitó a considerar la posibilidad de formarse en psicología o coaching, algo sobre lo que reflexionó y finalmente realizó, conectando más con lo que parecía su vocación.


Actualmente y libre de depresión, trabaja en la misma empresa en desarrollo y gestión de recursos humanos -capacitación, selección, formación- . Logró reinventarse. Al fin y al cabo, eso es lo que la tristeza suele reclamarnos, innovar, reinventarnos.


A la hora de elegir, mejor no pecar y dejarnos guiar  por nuestra voz interior. 

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​© 2013 por Emma Barthe.